¿Y si el Estado 51 no fuera una locura?
- Nasbly Kalinina
- Jun 20
- 4 min read

Hace apenas unos años, la idea de que Venezuela pudiera convertirse en el Estado 51 de los Estados Unidos habría sido descartada como una ocurrencia absurda. Hoy, sin embargo, ya no estoy tan segura. No porque quiera dejar de ser venezolana, ni porque crea que una bandera o un pasaporte puedan borrar quiénes somos. Nací en San Fernando de Apure y crecí en Barquisimeto. Me convertí en ciudadana estadounidense en 2021 y sigo siendo tan llanera y tan guara como siempre. Mi amor por Venezuela no desapareció con una nueva ciudadanía. Al contrario, esa experiencia me ha llevado a comprender que la identidad es mucho más profunda que un documento y mucho más resistente de lo que solemos imaginar.
Hace poco publiqué una reflexión sobre la posibilidad de que Venezuela llegara a convertirse en un estado de los Estados Unidos. Entre las respuestas que recibí, una en particular se quedó conmigo. Luz Marina Villoria escribió que no apoyaba esa idea porque quisiera dejar de ser venezolana, sino porque después de más de veinte años de destrucción ya no creía que el país pudiera recuperarse por sí solo. Aquella observación me pareció profundamente honesta. Porque, en el fondo, refleja algo que muchos prefieren no admitir: para millones de venezolanos esta conversación ya no gira únicamente en torno a la identidad nacional o a los símbolos patrios. Gira en torno a la posibilidad de vivir con dignidad, construir un futuro y ofrecer mejores oportunidades a nuestros hijos.
Durante más de dos décadas hemos visto cómo millones de venezolanos abandonan el país buscando seguridad, estabilidad y oportunidades que ya no encontraban en su propia tierra. Al mismo tiempo, quienes permanecen en Venezuela continúan enfrentando enormes dificultades económicas y sociales. Entre ellos están los presos políticos y sus familias, las personas que sobreviven con salarios insuficientes, quienes viven separados de sus seres queridos y aquellos que luchan silenciosamente contra la depresión, la ansiedad y la desesperanza que genera una crisis prolongada. Son historias que rara vez ocupan los titulares, pero que forman parte de la realidad cotidiana de nuestro país.
Incluso después de convertirme en ciudadana estadounidense, nunca he considerado seriamente viajar a Venezuela. No porque haya dejado de amar a mi país, sino porque no me siento tranquila haciéndolo. Y esa realidad dice mucho más sobre el estado actual de nuestra nación que cualquier discurso político. Cuando una persona puede sentirse más segura viviendo a miles de kilómetros de su tierra que regresando a ella, algo muy profundo se ha roto. Y esa ruptura no se soluciona con consignas ni con promesas. Se soluciona con instituciones que funcionen, con prosperidad, con seguridad y con la posibilidad real de mirar hacia el futuro con esperanza.
Hay algo que mi madre me enseñó desde pequeña y que todavía guía muchas de mis decisiones. Siempre decía que cuando le pidiéramos algo a Dios no debíamos pedir solamente lo que fuera mejor para nosotros, sino también lo que fuera mejor para todos. Con el paso de los años he comprendido la profundidad de esa enseñanza. El verdadero amor no piensa únicamente en el bienestar propio, sino también en el bien común. Por eso, cuando reflexiono sobre el futuro de Venezuela, trato de hacerlo más allá de mis circunstancias personales. Trato de pensar tanto en quienes vivimos fuera del país como en quienes continúan dentro de él, enfrentando desafíos que para muchos se han vuelto parte de la normalidad.
Y entonces me hago una pregunta sencilla: si existiera una solución capaz de ofrecer mayor protección institucional, prosperidad y oportunidades tanto para quienes permanecen en Venezuela como para quienes viven fuera de ella, ¿no deberíamos al menos tener la valentía de discutirla? ¿No deberíamos estar dispuestos a examinarla con honestidad, sin prejuicios y sin miedo a cuestionar ideas que durante décadas hemos dado por sentadas?
Personalmente, sí apoyo la posibilidad de que Venezuela llegue a convertirse en un estado de los Estados Unidos si algún día existieran las condiciones jurídicas, políticas y democráticas para hacerlo. No porque rechace a Venezuela, sino porque creo que el bienestar de millones de venezolanos debe estar por encima de cualquier apego romántico a conceptos que, por sí solos, no llenan un plato de comida, no garantizan servicios básicos, no protegen a las familias y no generan oportunidades para las nuevas generaciones.
No pretendo validar ni refutar aquí las conclusiones académicas de quienes han estudiado esta propuesta desde el derecho constitucional, la geopolítica o la seguridad nacional. Otros, como el profesor Alejandro Torrealba, han dedicado años a analizar esos aspectos con mucha más profundidad. Mi interés es más sencillo: entender por qué una idea que durante décadas habría sido considerada impensable hoy está siendo discutida por ciudadanos comunes, académicos y figuras públicas. ¿Es viable? Algunos sostienen que sí. Otros afirman que no. Lo cierto es que la conversación ya existe.
Y quizás eso sea lo verdaderamente importante. Porque el hecho de que tantos venezolanos estén dispuestos siquiera a contemplar esta posibilidad revela algo mucho más profundo que una simple propuesta política. Revela el nivel de agotamiento, frustración y desconfianza acumulado durante años. Revela el cansancio de una sociedad que ha esperado demasiado tiempo por soluciones que nunca terminan de materializarse.
Quizás la verdadera pregunta ya no sea cómo defender la soberanía simbólica a toda costa, sino cómo construir un futuro donde los venezolanos puedan vivir con dignidad, libertad, prosperidad y esperanza. Quizás también sea hora de preguntarnos qué tipo de futuro habrían querido para nosotros quienes sacrificaron tanto por Venezuela a lo largo de nuestra historia. Desde los héroes de la Independencia hasta quienes, en tiempos más recientes, entregaron su libertad o incluso su vida defendiendo sus convicciones, todos compartían una aspiración común: que los venezolanos pudiéramos vivir con dignidad y en libertad.
Más allá de las diferencias políticas o ideológicas, me gusta pensar que el mejor homenaje que podemos rendirles es construir un país donde nuestros hijos y nietos tengan las oportunidades que tantas generaciones anhelaron y por las que tantos lucharon. Y si algún día llegáramos a la conclusión de que una integración más profunda con los Estados Unidos es el camino que ofrece el mayor bien para la mayor cantidad de venezolanos, creo que al menos deberíamos tener la humildad y la honestidad de considerarlo.



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